febrero 08, 2007

LOS OTROS RACISMOS

Acaba de conmemorarse el 62 aniversario de la liberación de los centros de concentración y extermino en Auswicht y Birkenau. El acontecimiento dio una vez más la pauta para levantar la memoria como valladar contra la repetición de las bestialidades cometidas por los nazis contra los judíos, con la vergonzosa complicidad de otras naciones, el Vaticano incluido.

Algunos de los oradores, por desgracia los menos, aprovecharon el aniversario para insistir en que el antisemitismo no es, ni nunca ha sido, la única forma de racismo ni de discriminación, y que aunque se parecen y hasta se complementan, no son cabalmente lo mismo. Y resulta conveniente insistir en ello, porque ya en los prolegómenos del siglo XXI, el racismo se cobija bajo nuevas y más elaboradas formas, aunque muchos sólo lo identifiquen como el que se comete contra los judíos. Las razones sobran. El genocidio cometido en su contra ejemplifica, con uno de sus monstruosos extremos, los alcances del racismo.

Desde la conquista, campearon en México legalizadas formas de racismo. Más aún, el racismo legal aparecía como una necesidad para expoliar a las mayorías y sentar las bases de los privilegios. A nadie resulta desconocida la meticulosa lista de mestizajes que el sistema imperial se encargó de especificar. La Independencia ganó adeptos entre los criollos porque, entre otras razones, las leyes les prohibían ejercer cargos administrativos sólo reservados para los peninsulares. Con la Independencia quedaron eliminados algunos fueros de raza y casta; pero en la conciencia colectiva habían enraizado la aceptación de privilegios luego de 300 años de dominio y culturización ultramarina. Privilegios que tenían que ver con la educación, la cultura y el aspecto físico.

Ignoro en que momento apareció o se popularizó la palabra “malinchismo”. Imagino que ocurrió cuando se volvió necesario estimular el espíritu nacionalista que impidiera el desmembramiento de una nación que contaba con enemigos dentro y fuera del continente. Pero la historia permite aventurar que el concepto de “Raza de Bronce”, fue la piedra sillar donde descansó durante varias décadas el edificio de la nación mexicana. Lo que queda claro es que la frase alude al mestizaje, tanto físico como cultural, y que éste queda representado por el color moreno de la mayoría de los mexicanos.

Afirma la historia que Juárez estaba muy interesado en el color de ojos y de piel de Maximiliano y que doña Carmelita Romero-Rubio se propuso “blanquear” por dentro y por fuera a don Porfirio, cosa que logró antes que comenzara la Revolución. El blanqueamiento del dictador corrió paraelelo con el blanqueamiento de la ciudad capital: la colonia Roma, la Condesa, Plateros y el Country Clu;, Gutiérrez Nájera y la condesa Job: “que no hay ibera, yanqui o francesa…” Federico Gamboa y sus discursos racistas contra negros e indios” horrorizado con las las paginas del Hijo del Ahuizote, plagadas de los nacos de antes: los pelados. Luego aparecerían las “hordas” zapatistas capitaneadas por El Atila del Sur. Sin embargo los criollos ganaron la silla presidencial y la conservaron hasta la aparición de don Lázaro, “el trompudo”, mote con el que los catrines de la época compendiaban la denuncia del origen y del discurso izquierdoso.

¿A qué presidente de buena cuna se le hubiera ocurrido ponerle a su hijo Cuauhtemoc?

En las antesalas del 2006, el argumento racista, latente durante muchos años, reapareció convocado por los candidatos a la presiedencia. Para muchos, el peligro para el México blanco (y privilegiado), cobraba forma, más que en el discurso, en la estampa y el acento de otro sureño.

Si en Auswitch y Birkenau, los oradores recordaron la historia para que no vuelva a repetirse, en México nunca la hemos dejado atrás. Hemos convivido disimulada e hipócritamente con la desvalorización del individuo a causa del color de su piel y sus rasgos indígenas o mestizos, y las evidencias resultan tan señaladas y abundantes que está por demás ejercitar el recuento. Pero aparecen cada vez que encendemos el televisor, buscamos nombre para el niño o la niña, o realizamos maromas para sostener al margen de divorcios y matrimonios, el apellido con resonancia extranjera. El Subcomandante pasó a la historia en buena parte gracias a sus cejas pobladas y sus ojos de embrujo europeo, acentuado por el rimel del pasamontañas y una pipa tan ajena a la selva chiapaneca, como a nuestros héroes vernáculos. Pero el efecto se produjo.