diciembre 05, 2006

LA GUADALUPANA

Dicen que los mexicanos podemos ser ateos, pero nunca dejaremos de ser guadalupanos. Y esto es así porque la Virgen de Guadalupe resulta inseparable de la nación que compartimos, desde antes de que nuestro país se constituyera como tal.
El comienzo de la devoción guadalupana, coincide con el comienzo de una comunidad que empezaba a considerarse a sí misma como pueblo. Una entidad que necesitaba símbolos y emblemas diferentes a los impuestos por el imperio español. O dicho en otras palabras, una comunidad que contemplaba y entendía la obligación de comenzar a representarse a sí misma.
No por nada, la madre de Dios escogió para aparecerse al mundo el corazón mismo de lo que ya comenzaba a ser México. Y lo hizo ataviada con indumentaria casi indígena y revestida con la piel morena de los indios y los mestizos. El hecho de que la madre de Dios apareciera en el Tepeyac sin un niño cargado en brazos, dejaba en claro que los reservaba para acoger a los futuros mexicanos, porque de entre todos sus hijos, nosotros éramos los predilectos.
Desde su aparición hace casi 500 años, la Virgen Morena es el símbolo más antiguo y emblemático de la identidad nacional. Un símbolo que representa el elemento fundamental de todo origen. Me refiero a la madre. La dadora de vida espiritual, la abogada de las causas particulares y colectivas, la dispensadora de favores y la testigo fundamental de todas las promesas.
Tal es la razón de que hayan sido los indios, los mestizos y los criollos, quienes a lo largo de los años han insistido en su devoción, pesar de las primeras reservas de la jerarquía eclesiástica española, que vio en el culto guadalupano un peligroso vínculo de identidad entre los mexicanos de nacimiento. Desde su aparición, la Virgen de Guadalupe no sólo encabeza las procesiones religiosas; sino también las manifestaciones de lucha por los derechos sociales y políticos.
En 1810, Miguel Hidalgo enarboló su imagen para capitanear los ejércitos insurgentes. Y en 1821, luego de 11 años de lucha, el primer presidente de México tomó posesión de su cargo rebautizado como Guadalupe Victoria, para significar con ello las bases sobre las que se construía la nueva nación. Casi cien años después, los batallones zapatistas entrarían a la ciudad de México portando estandartes similares a los enarbolados por el cura Hidalgo, en esa otra refundación del país que significó la Revolución Mexicana.
En los años 60, la Virgen de Guadalupe re-apareció estampada en las banderas y pancartas de los chicanos que luchaban por sus derechos en las calles, barrios y campos agrícolas de Estados Unidos. El milagro del Tepeyac se repite diariamente en las bardas y muros de ciudades tan distantes como Nueva York, Los Angeles, Chicago o El Paso.
La imagen forma parte del arte popular de los artesanos del barrio, y de los ejemplos más significativos del arte en los museos. Perdura en el nombre de los niños y las niñas, y se repite en las medallas al cuello, escapularios al pecho, estampas en las carteras y hasta en la piel misma de los tatuajes.
Y este hecho significativo y conmovedor, es el verdadero milagro que celebramos y que tiende a repetirse, no sólo los 12 de diciembre, sino cotidianamente, dondequiera que haya mexicanos