noviembre 16, 2006

UNA MODESTA PRE-POSICION

Una hipótesis difícil de comprobar sería enterarse si la televisión ha sutituido al Manual de Carreño como modelo de comportamientos. Pero pocos pueden escatimar la influencia que los usos y costumbres (gestuales, lingüísiticos, ideológicos) de las figuras televisivas tienen en la vida nacional. Cuando Carreño expuso sus principios de etiqueta, los mexicanos alfabetizados no alcanzarían a llenar la plancha del zócalo un 16 de septiembre; de ahí que el impacto de la publicación acertara con premeditada puntería en el grupo para el cual fue escrito. El Manual refrendaba su eficacia clasista precisamente con el escaso número de sus posibles lectores. Imagino que Carreño aspiraba a la lectura de la minoría necesaria para otorgarle categoría de exclusividad a su Manual. La educación y las buenas maneras eran cuestión de clase social.
La Revolución se propuso democratizar al país sin conseguirlo del todo; la radio, aunque nunca se lo propuso, democratizó sin embargo el buen decir. El uso correcto y la correcta enunciación de las palabras reinó, dicen los estudiosos, en la época dorada de la radio mexicana y desde ahí se filtró con variada fortuna sobre los distintos niveles de la población. La voz de la América Latina tenía su origen en México. El oficio de poeta o el grado universitario, garantizaban el conocimiento de la lengua castellana. Quien no pretendía hacer uso de la palabra como el Bachiller Gálvez y Fuentes, intentaba aproximarse a la aterciopelada gramática del Vate López Méndez. Utilizar el lenguaje como José Antonio Cossío o Carlos Píckering o Nacho Santibáñez o Tomás Perrín, aun en sus predicamentos de detective privado (“¡Dispara Margot, dispara!”), resultaba un estímulo y una aspiración. No había orador político o jilguerillo social, maestro de ceremonias o padrino de quinceañera, catedrático de escuela pública o privada, cura de rancho o de metrópoli, que despreciara las enseñanzas de los paradigmas radiofónicos.
Los primeros años de la televisión sometieron las voces del radio al recuadro fosforescente de las pantallas. Igual a lo que sucedió con los galanes del cine mudo, muchos locutores se quedaron en el camino. Otros superaron el desafío y añadieron a la voz la corrección del gesto y el ademán atinado. Algunos, como Martínez Carpinteiro, se atrevieron a guiñarle un ojo a la cámara al cierre en sus noticiarios, con el consiguiente y cómplice sonrojo de las amitas de casa. La coquetería no era ejercicio de esquina de barriada, sino también asunto de gente educada.
Con el tiempo la televisión demandó menos a la voz y exigió más a la imagen. Los habitantes de las pantallas se apoyaron cada vez más en el gesto, en el cuerpo y hasta en la coreografia. A los cantantes se les conminó a bailar y a los bailarines se les ordenó cantar con las consecuencias que ya advertimos en el negocio del entretenimiento. Dueña de los ojos y los oídos de los televidentes, la industria potenció su capacidad de penetración y con ello, la celeridad en la canonización de modas lingüísticas y comportamientos gestuales. Ejemplifico lo primero con dos expresiones popularizadas por la televisión:
De buenas a primeras solicitar “Un vaso con agua” sustituyó al castizo “vaso de agua” y sin decir “agua va”, se volvió muestra del buen decir y reflejo del grado de educación del usuario. La voz pública descalificó el uso de la preposición “de” por incorrecta, poco elegante y propiciar la confusión. Algunos afirman que la moda fue impuesta por los meseros que ejercían su derecho al humor argumentando que “sólo tenían vasos de vidrio y no de agua”. La manera en que la temeraria expresión alcanzó las gargantas de los modelos televisivos y la enquistó en el habla cotidiana, supone un estudio aparte. Lo importante resulta enfatizar la forma en que el televidente la aceptó como formula de expresión. La psique popular advirtió un dejo de aristocracia en la alocución por cuanto que hasta los locutores , y luego las estrellitas y estrellitos de la televisión, la disparaban a boca de jarro. A partir de ese momento, ya nada fue igual: nadie consciente de su educación e inteligencia, responde a una petición planteada de tal manera sin sostener una sonrisa irónica o, de plano, espetar que los vasos de agua no existen ni en las metáforas. No hubo poder humano, ni mucho menos gramático, lo suficientemente convincente como para revertir la tendencia ya vuelta ley.
Desde aquel lejano y anónimo destello de infamante humor, lo justo, elegante y correcto es pedir Un vaso con agua, un litro con leche; una taza con café y una copa con coñac. Pediremos una botella con tequila y, si andamos cortos de dinero, media botella con vino, a riesgo de que algún genio de la lengua nos aclare que sólo tiene botellas completas. En la fonda ordenaremos un plato con sopa y en la librería un libro con cuentos y ya entrados en preposiciones, acudiremos a la Villa a encomendarnos a la Virgen con Guadalupe.
El otro ejemplo de esta implacable purga gramatical, es la satanización de la preposición “en”. De un tiempo para acá, esta modesta, precisa, monosilábica palabrita, ha sido sustituida por la estentorea, aparatosa y supuestamente aristocratica expresión “al interior de”. Ya nada ocurre “en” sino “al interior de”. Problemas al interior del partido. Motín al interior del reclusorio. Drogas al interior del plantel. En una emisión radial el locutor se aventó la puntada de decir que un visitante había intentado introducir al penal “un arma escondida al interior de un aguacate”. Desde su punto de vista, aludir al hecho diciendo “armas escondidas en unos aguacates”, hubiera parecido poco profesional.
La transformación gramatical seguirá su marcha en boca de locutores, comentaristas y estrellas de la televisión, convertidos en custodios del buen decir y del mejor pensar. Y para aquellos que todavía nos preocupamos por lo que no tiene remedio (otra definición para la neurosis), bástenos seguir el consejo de los abuelos: “Que sirvan las otras copitas con mezcal, que al fin nada ganas con ponernos a llorar”.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

No en vano Cantinflas es héroe nacional.

lunes, noviembre 20, 2006  
Anonymous Bernardo said...

Como el final cantinflesco de una novela de Gustavo Sanz, Obsesivos días circulares, cito de memoria: "De generación a generación se degeneran las generaciones". La pauperización de México también es cultural y las televisoras se han llevado entre las patas el lenguaje. Cierto, ya ni llorar es bueno, pero ojalá con la creación de nuevas tecnologías la población dependiera menos de esa televisada educación sentimental y gramatical. Y espero sea antes de que la tele mexa cumpla su primer siglo de degradar al país. Saludos.

viernes, noviembre 24, 2006  

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