noviembre 28, 2006

MEXICAN FIESTA

En El laberinto de la soledad, Octavio Paz afirma que “el mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias, hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual”

En muchos sentidos concuerdo con el poeta. Nuestra capacidad de festejo nos ha obligado a inventar fiestas y motivos para celebrar que muchas otras nacionalidades considerarían absurdos. Fiestas apoyadas en acontecimientos oscuros, inciertos o en emociones más propias de la literatura que del calendario cívico. Celebramos a la mamá, al papá, a la secretaria, a la enfermera, al niño, a la bandera, a la guadalupana, a los muertos chiquitos y a los muertos grandotes. Fox impuso la celebración del cambio, la democracia y la muerte del presidencialismo. Nos reunimos alrededor del santo patrono o de la boda del compadre o del bautismo del fruto del segundo frente, como justificación para integrarnos y reintegrarnos en y con la comunidad. No por otra razón aderezamos la garnacha más grande del mundo y luego nos ufanamos de ello en una fiesta popular por haber roto el récord Guinnes como si hubiéramos tenido una reñida u olímpica competencia. Pero no puedo imaginarme a algún búlgaro o alemán interesado en romper el récord impuesto por una garnacha de 12 metros de diámetro.

Somos buenos para inventar fiestas y para idear modos de celebrarlas. El magnífico ejemplo de la ingeniería nacional representada por la presa de Malpaso, el ferrocarril que cruza el desierto de Altar en Sonora o los segundos pisos de nuestra ajetreada capital, se quedan chiquitos ante las opulentas arquitecturas de los puentes vacacionales. Sirva de ejemplo el que hemos bautizado con el conspicuo nombre de Guadalupe-Reyes y que va del 12 de diciembre al 6 de enero.

Los repiques de las campanas mediáticas tocadas a rebato para hacer públicos los supuestos logros gubernamentales, representan una invitación subliminal a detonar el jolgorio que todos llevamos dentro. Y debido a que la Fiesta no sólo es una forma de celebrar un acontecimiento, sino de vivir la vida, los mexicanos la exportamos a donde quiera que se vayamos a vivir. Porque festejar lo que sea, es parte de la condición nacional y cimiento del México chiquito que construimos en cualquier territorio que albergue a más de 50 compatriotas.

Esto queda muy claro en los Estados Unidos, donde la palabra “fiesta”, así, en castellano, es de uso común; asimismo, la piñata forma ya parte fundamental de las celebraciones de aniversario. Sin embargo es en el calendario donde los festejos mexicanos evidencian su presencia, tal y como lo demuestran los recuadros realzando el 5 de Mayo, el 16 de Septiembre y la conmemoración del Día de la Revolución, de la Bandera y de la Raza.

Los estadounidenses se ufanan de ser un país conformado y hasta reformado por otras muchas culturas provenientes de los cuatro puntos cardinales. Y en recuerdo de este principio, su Calendario Oficial cobija y registra festividades multiétnicas. Algunas, como las judías y musulmanas, íntimas, austeras y recatadas; otras, las más, coloridas, ruidosas y desaforadas hasta donde la ley lo permite. Para celebrar el Año Nuevo a partir de su particular contabilidad, los chinos salen a la calle con su cauda de cuetes, colores y dragones. Los italianos convierten las callejuelas de la Pequeña Italia en un set del Padrino, cada vez que cargan la efigie de San Genaro; los irlandeses se pintan el pelo de verde, se disfrazan de lepricones y se atascan de cerveza el día de San Patricio. Los cubanos sacuden con maracas, caderas y bongós las calles de Miami y los puertorriqueños toman las azoteas de Nueva York, todo ello en un intento por convertir un espacio políticamente ajeno, en un territorio culturalmente propio. Es en este sentido como la Fiesta se festeja a sí misma y la vuelve ocasión segura para tomar las calles y gritar un “Aquí estamos” sin que la policía reparta garrotazos.

Pero poco pueden las otras minorías con las fiestas mexicanas, o con nuestra capacidad de festejo. Y es que los mexicanos, por necesidad de recuerdo o instigación al olvido, entendemos las razones de congregarnos alrededor de lo que sea: para llorar a Pedro Infante, darle la bienvenido al Papa en turno, vitorear a Ana Guevara o celebrar el nuevo rompimiento del record del taco más prolongado del mundo.

noviembre 16, 2006

UNA MODESTA PRE-POSICION

Una hipótesis difícil de comprobar sería enterarse si la televisión ha sutituido al Manual de Carreño como modelo de comportamientos. Pero pocos pueden escatimar la influencia que los usos y costumbres (gestuales, lingüísiticos, ideológicos) de las figuras televisivas tienen en la vida nacional. Cuando Carreño expuso sus principios de etiqueta, los mexicanos alfabetizados no alcanzarían a llenar la plancha del zócalo un 16 de septiembre; de ahí que el impacto de la publicación acertara con premeditada puntería en el grupo para el cual fue escrito. El Manual refrendaba su eficacia clasista precisamente con el escaso número de sus posibles lectores. Imagino que Carreño aspiraba a la lectura de la minoría necesaria para otorgarle categoría de exclusividad a su Manual. La educación y las buenas maneras eran cuestión de clase social.
La Revolución se propuso democratizar al país sin conseguirlo del todo; la radio, aunque nunca se lo propuso, democratizó sin embargo el buen decir. El uso correcto y la correcta enunciación de las palabras reinó, dicen los estudiosos, en la época dorada de la radio mexicana y desde ahí se filtró con variada fortuna sobre los distintos niveles de la población. La voz de la América Latina tenía su origen en México. El oficio de poeta o el grado universitario, garantizaban el conocimiento de la lengua castellana. Quien no pretendía hacer uso de la palabra como el Bachiller Gálvez y Fuentes, intentaba aproximarse a la aterciopelada gramática del Vate López Méndez. Utilizar el lenguaje como José Antonio Cossío o Carlos Píckering o Nacho Santibáñez o Tomás Perrín, aun en sus predicamentos de detective privado (“¡Dispara Margot, dispara!”), resultaba un estímulo y una aspiración. No había orador político o jilguerillo social, maestro de ceremonias o padrino de quinceañera, catedrático de escuela pública o privada, cura de rancho o de metrópoli, que despreciara las enseñanzas de los paradigmas radiofónicos.
Los primeros años de la televisión sometieron las voces del radio al recuadro fosforescente de las pantallas. Igual a lo que sucedió con los galanes del cine mudo, muchos locutores se quedaron en el camino. Otros superaron el desafío y añadieron a la voz la corrección del gesto y el ademán atinado. Algunos, como Martínez Carpinteiro, se atrevieron a guiñarle un ojo a la cámara al cierre en sus noticiarios, con el consiguiente y cómplice sonrojo de las amitas de casa. La coquetería no era ejercicio de esquina de barriada, sino también asunto de gente educada.
Con el tiempo la televisión demandó menos a la voz y exigió más a la imagen. Los habitantes de las pantallas se apoyaron cada vez más en el gesto, en el cuerpo y hasta en la coreografia. A los cantantes se les conminó a bailar y a los bailarines se les ordenó cantar con las consecuencias que ya advertimos en el negocio del entretenimiento. Dueña de los ojos y los oídos de los televidentes, la industria potenció su capacidad de penetración y con ello, la celeridad en la canonización de modas lingüísticas y comportamientos gestuales. Ejemplifico lo primero con dos expresiones popularizadas por la televisión:
De buenas a primeras solicitar “Un vaso con agua” sustituyó al castizo “vaso de agua” y sin decir “agua va”, se volvió muestra del buen decir y reflejo del grado de educación del usuario. La voz pública descalificó el uso de la preposición “de” por incorrecta, poco elegante y propiciar la confusión. Algunos afirman que la moda fue impuesta por los meseros que ejercían su derecho al humor argumentando que “sólo tenían vasos de vidrio y no de agua”. La manera en que la temeraria expresión alcanzó las gargantas de los modelos televisivos y la enquistó en el habla cotidiana, supone un estudio aparte. Lo importante resulta enfatizar la forma en que el televidente la aceptó como formula de expresión. La psique popular advirtió un dejo de aristocracia en la alocución por cuanto que hasta los locutores , y luego las estrellitas y estrellitos de la televisión, la disparaban a boca de jarro. A partir de ese momento, ya nada fue igual: nadie consciente de su educación e inteligencia, responde a una petición planteada de tal manera sin sostener una sonrisa irónica o, de plano, espetar que los vasos de agua no existen ni en las metáforas. No hubo poder humano, ni mucho menos gramático, lo suficientemente convincente como para revertir la tendencia ya vuelta ley.
Desde aquel lejano y anónimo destello de infamante humor, lo justo, elegante y correcto es pedir Un vaso con agua, un litro con leche; una taza con café y una copa con coñac. Pediremos una botella con tequila y, si andamos cortos de dinero, media botella con vino, a riesgo de que algún genio de la lengua nos aclare que sólo tiene botellas completas. En la fonda ordenaremos un plato con sopa y en la librería un libro con cuentos y ya entrados en preposiciones, acudiremos a la Villa a encomendarnos a la Virgen con Guadalupe.
El otro ejemplo de esta implacable purga gramatical, es la satanización de la preposición “en”. De un tiempo para acá, esta modesta, precisa, monosilábica palabrita, ha sido sustituida por la estentorea, aparatosa y supuestamente aristocratica expresión “al interior de”. Ya nada ocurre “en” sino “al interior de”. Problemas al interior del partido. Motín al interior del reclusorio. Drogas al interior del plantel. En una emisión radial el locutor se aventó la puntada de decir que un visitante había intentado introducir al penal “un arma escondida al interior de un aguacate”. Desde su punto de vista, aludir al hecho diciendo “armas escondidas en unos aguacates”, hubiera parecido poco profesional.
La transformación gramatical seguirá su marcha en boca de locutores, comentaristas y estrellas de la televisión, convertidos en custodios del buen decir y del mejor pensar. Y para aquellos que todavía nos preocupamos por lo que no tiene remedio (otra definición para la neurosis), bástenos seguir el consejo de los abuelos: “Que sirvan las otras copitas con mezcal, que al fin nada ganas con ponernos a llorar”.