agosto 29, 2006

Concursos literarios

De un tiempo para acá, mi relación con los certámenes literarios se ha reducido al mínimo. Ya no concurso y sólo leo los libros premiados cuando me los prestan. Ahora me limito a aceptar la cada vez menos frecuente invitación a formar parte del jurado. Suelo encarar el oficio urgido por un enredijo de sentimientos. Destaco dos: a).- nadie más ha querido fungir como árbitro; b).- allá ellos que confían en mi capacidad de juicio para enriquecer las letras mexicanas. No obstante, experiencia no me falta. He girado alrededor de los torneos literarios desde todas las órbitas posibles: como participante, como organizador, como juez, y como lector presuntamente beneficiado por la acertada decisión del jurado.
En mi lejana juventud (comencé a escribir cuando Luis Echeverría inventaba el INJUVE Instituto Nacional de la Juventud), maquinaria de chambas que, además de promover el deporte e instigar mítines políticos, convocaba a Juegos Florales impelido por la oscura convicción de que los premios nos volverían, si no ricos, al menos sumisos) resultaba más complicado permanecer inédito que publicar un libro y la autoría de cuando menos una plaquet se volvía más una obligación que un privilegio.
Atraído por la necesidad de la fama, participé en cuanto concurso se me puso al frente. Luché a dedo partido contra la máquina de escribir a fin de obtener, a fuerza de papel carbón, las copias exigidas para que el jurado ejerciera su cometido con prontitud y eficacia. Por lo general, éste se componía de tres eruditos, y a veces, cuando la cantidad del premio lo ameritaba, hasta de cinco de ellos. En mis delirios, el ejercicio de juramentación resultaba una ceremonia casi religiosa. Los imaginaba manchándose los dedos con las cenizas de una tintura tan mística como propiciatoria: arúspices adentrándose en la entraña carbonosa de mi “mecanoescrito”. El término, acuñado para eliminar el ya para entonces anacrónico de “manuscrito”, es producto genuino de los redactores de Convocatorias, oficio que ya merece una especialidad a nivel de doctorado en las Universidades Tecnológicas,
Inocente en la liza literaria, ignoraba que el aumento de tres a cinco juramentados no obedecía a la necesidad de eficacia y justicia en la decisión, sino, como me instruyó un terrorista de los concursos, para beneficiar a los riquillos que podían pagar secretarias o escribanos que les copiaran sus “engendros”.
Quien se recuerde corrigiendo con goma de borrar original y copias, sabrá darle la razón. Hubo aspirantes que descubrieron su vocación de médicos al reconocer en el prosaico ejercicio, una habilidad y delicadeza manual digna de un neurocirujano. Más tarde, las fotocopias solucionaron el problema, pero su repetido uso agravió el bolsillo de los aspirantes y confirmó la hipótesis de que las letras es oficio de pirruris. Los obstinados en competir usando papel carbón, sólo evidenciaban su raquítica condición económica y esto, a juicio de los resentidos sociales, causaba pésima impresión en el jurado.
No quiero abundar en la vergonzosa solicitud de préstamo para pagar las fotocopias y mandarlas después, vía aérea, al De Efe, Hermosillo o Chetumal, antes que cerrara el plazo. Tampoco acerca de la confesión que aquélla suponía: “¿Para qué quieres tanto timbre para una pinche carta?” “No es una carta, es un cuento que mando al concurso de Tamazunchale” (localidad hasta entonces conocida por quien esto escribe, por topármela a cada rato en el juego del Turista). Los concursos, además de descubrir genios literarios, develaban una geografia que también era la Patria. No puedo quejarme. Gané más amigos que dinero. Los premios literarios, como la lotería nacional, son un vicio y yo me envicié al extremo de convertirme, debido al derecho que concede la insistencia, en “finalista” por definición; a tal grado, que los organizadores del INBA me apodaban el “Ya merito”.
El tiempo y las circunstancias me pusieron en las manos el papel de organizador. Para una editorial con escasos recursos, pocas iniciativas tan retribuyentes en buenos originales como un jugoso premio. Sobre todo cuando se carece de dinero para negociar contratos. Aclaro: todo esto ocurrió antes que los agentes literarios convirtieran a la literatura en un negocio y no, como era el caso, en un medio para allegarse chambas bien remuneradas.
Aprobada la cuantía del premio por la autoridad correspondiente, elegido el prócer que le daría nombre al concurso, mezclados artículos, incisos y párrafos provenientes de varias convocatorias distintas, encaraba la decisión de conceder o no al jurado la posibilidad de declarar desierto el concurso. Salvados estos preliminares, arribaba a la selección de los árbitros. Por lo general, estos quedaban a cargo de las relaciones personales. El estipendio consistía en un fin de semana en la ciudad convocante, en compañía de sus esposas-os, compañeros-as o acompañantes clandestinos.
De todos los anteriores, el oficio más peligros es el de jurado. Leyendas e historias acerca de atentados, alevosos reclamos en capitales europeas, lapidación de las ventanas domésticas y hasta demandas ante los jueces competentes de la justicia profana, circulan por la periferia del torneo. Pocos encuentros tan inolvidables como el de toparse con un concursante que nos identifica. Por fortuna, fui ungido por mis mayores (abro un paréntesis para sugerir a los futuros convocantes que sólo designen jurados a quienes hayan participado en concursos al menos un par de veces) con el blindaje de las respuestas convenientes: “Tu libro nunca llegó a mis manos.” “Yo voté por ti, pero (meter aquí el nombre de algún rival de profesión) ya traía consigna.”
La primera vez que me tocó ejercer el oficio, lo leí todo tal y como me lo había prometido. No imitaría a quienes ofenden el alto privilegio de la judicatura poética con la apatía, la venalidad o el favoritismo. Mi promesa duró hasta la aceptación de la segunda encomienda. Esa vez lo leí casi todo. Ahora sólo termino los originales que se dejan leer. Mi método es sencillo pero eficaz. Lo corrobora su utilización por parte de muchos colegas de circunstancia. Lo explico someramente por si alguien desea utilizarlo. Localizo un buen texto y mido los restantes contra este punto de referencia. Si para tal página (50 en caso de que sea novela; 3 si se trata de cuento) no se le semejan o comienzan a hacerlo, los dejo a un lado.
Cuando ejercí la encomienda, pocas veces fui remunerado con algo más que los viáticos y la estancia en la sede de la convocatoria. Tampoco me quejo, he conocido mi patria a lomos de los varios oficios que permite la literatura. Obviamente he sobrevivido la experiencia y todavía me acerco con resabios de ingenuidad y nostalgia al fruto de los premios. En estos años globalizadores, una premisa recorre el mundo de las letras: a mayor cuantía de la bolsa disputada, mayor la calidad del texto premiado. Los millones de dólares o euros o pesetas o pesitos, aseguran millonarias toneladas de arte literario. Salvo contadas excepciones que no dejo de celebrar por el bien de premios, jurados, organizadores y público lector, la realidad no justifica la hipótesis.

agosto 22, 2006

CUANDO LOS GRINGOS QUERIAN SER MEXICANOS

Una de las conductas más características de la humanidad es la Migración. Los grupos humanos transitan por la superficie del planeta según los obliguen sus necesidades de supervivencia.
La teoría más aceptada propone que el continente Americano se pobló de norte a sur. Grupos provenientes de Asia salvaron el Estrecho de Bering y se desplazaron lentamente desde las heladas regiones del norte, hasta alcanzar las más cálidas y hospitalarias de los trópicos. De esta manera se conformó la población original de América hasta antes de la llegada de los europeos.
En la actualidad, aunque con características distintas, el flujo intercontinental continúa vigente y se ha convertido en uno de los fenómenos sociales más peculiares del siglo XX, y seguramente lo seguirá siendo durante buena parte del XXI. En el caso de nuestro continente, los americanos se desplazan ahora hacia el norte; no en busca del frío, sino del calorcito que generan mejores condiciones de vida.
Esta dinámica mundial incluye de manera predominante a los mexicanos. Por eso, el fenómeno migratorio constituye uno de los temas más urgentes y relevantes de la agenda diplomática entre México y Estados Unidos.
No obstante, el debate interno que el gobierno estadounidense debe sostener consigo mismo, antes de decidirse a discutir el tema con el gobierno mexicano, implica respuestas puntuales a espinosas preguntas relacionadas con el ¿Cómo? ¿Para qué? ¿De qué manera? y ¿A cambio de qué?, los estadounidenses habrían de aceptar la creciente e incontenible migración mexicana.
El tema del “Cómo” y del “A cambio de qué”, no es nuevo en el debate y ha permanecido estrechamente unido a todas las políticas migratorias, incluyendo la que sostiene y sostuvo la nación mexicana. A este respecto, un ejemplo digno de recordar es el de cuando los gringos quisieron ser mexicanos. Y esto ocurrió hace casi 200 años.
Desde 1819, Moses Austin venía sosteniendo pláticas con autoridades del Virreinato de la Nueva España, para que la corona permitiera el ingreso de colonos anglosajones a lo que hoy es el estado de Texas. La guerra de Independencia y la muerte del viejo Austin, interrumpieron las pláticas, mismas que en 1821 Stephen Austin, hijo de don Moisés y Padre de la Patria Texana, reestablecería ya con el gobierno mexicano.
En ese entonces el territorio texano formaba parte del estado de Coahuila, y estaba prácticamente despoblado. Según datos de la época, apenas cinco mil mexicanos habitaban la vastísisima región, asentados sobre todo en las proximidades de la actual frontera constituida por el Río Bravo.
El permiso para inmigrar a México se estableció bajo condiciones específicas. Los colonos, en su mayoría protestantes, debían convertirse al catolicismo, aprender el idioma español y abstenerse de cualquier forma de esclavitud, prohibida en nuestro país desde 1811. A cambio de ello, los colonos anglosajones recibirían tierra, la ciudadanía mexicana y la protección de las leyes.
En 1825, Stephen Austin encabeza la inmigración de las primeras 300 familias de colonos anglosajones procedentes en su gran mayoría de los estados sureños y esclavistas de la entonces joven Unión Americana. Para 1836, víspera de la lucha por la independencia de Texas encabezada precisamente por Austin, los mexicanos representaban apenas el 5% de la población texana, la cual estaba constituida por 64% de anglosajones y 30% de negros. Por supuesto que muy pocos de los emigrados utilizaba el español como lengua cotidiana, creía en la Virgen de Guadalupe o pensaba que todos los hombres habían nacido iguales. Poco tiempo después, los emigrados exigirían la separación de la región texana del Estado de Coahuila para constituir uno nuevo y el reconocimiento del inglés para uso legal.
Lo que ocurrió después por sabido se calla. Los gringos que quisieron ser mexicanos se volvieron primero texanos y luego estadounidenses. La anexión de la república texana a la Unión Americana, provocó la guerra que causó la pérdida de los territorios comprendidos entre el nuevo estado de la Unión y el océano Pacífico.
Desde principios del Siglo XX, los mexicanos cruzan como Dios les da a entender la frontera levantada por aquellos gringos que quisieron ser mexicanos y que fueron recibidos por la Migra Nacional con la condición de que respetaran tres o cuatro acuerdos.
Ya entrado el Siglo XXI, la población mexicana por raíces o por nacimiento, incrementa sostenidamente su porcentaje respecto a la población total de la Unión Americana, insiste en el uso del español para fines legales, comerciales y cotidianos, es predominantemente católica y vive, en buena parte, conforme a usos y costumbres que la vinculan muy estrechamente con los mexicanos al sur de la frontera.
Lo que vaya a suceder después, sólo el tiempo lo sabe; pero de una cosa estoy seguro: la historia se da mañas para repetirse de forma muy peculiar.

agosto 17, 2006

UN DIA SIN MEXICANOS

La película "Un día sin mexicanos" causó sensación en México y pasó sin pena ni gloria en Estados Unidos. Y resultó así porque el público al que la cinta iba dirigida somos nosotros. A los gringos no les preocupa la posibilidad de quedarse sin mexicanos porque tienen en reserva y en lista de espera, a incontables ciudadanos de otros países.

La película es una invitación a la migración constante bajo el supuesto de que algún día, con películas o promociones similares, los gringos comenzarán a aquilatar la valiosísima participación, innegable por otra parte, de nuestros paisanos.

Y mientras esto ocurre, mientras esperamos que los tratados entre los gobiernos y las manifestaciones multitudinarias y la solidaridad entre los seres humanos coloquen las cosas en su exacta dimensión (y termine el debate si nos rechazan a punta de pelotas de goma, bardas electrificadas de tres mil kilómetros de largo o tiros de a de veras), muchos mexicanos seguirán soñando este tipo de sueño, que por falso, resulta muy peligroso. Sobre todo cuando lo propone un director mexicano, seguramente, con la mejor de las intenciones.

En un mundo globalizado, donde las economías poderosas requieren de mano de obra barata y dispuesta a emplearse en labores extremas (“que ni los negros se atreven a aceptar”, Fox dixit), inclusive las inherentes a la guerra, las políticas neoliberales vuelven a reconocer que no se trata de eliminar o atajar a las supuestas razas inferiores, sino de hacerles ver el sitio que les corresponde. O dicho de otra manera: ponerlas en su lugar.

Y a mí me parece que "Un día sin mexicanos" acata este punto medular de los nuevos y viejos racismos, sin percatarse siquiera de que lo hace. Y en esto radica el peligro de una película como "Un día sin mexicanos": El hacernos creer que los mexicanos en particular y los latinoamericanos en general, nada más servimos para labores que sólo requieren de la fuerza y no de la inteligencia, aunque tanto la una como la otra resulten tan dignas, eficientes y productivas como cualquiera.

El día que los mexicanos les faltemos, lo cual, a juzgar por la situación del país, permanece todavía como una posibilidad muy lejana, no habrá quien haga la comida, ni lave la ropa, ni cave zanjas, ni vaya por el mandado, ni cuide a los niños, ni reciba las palizas y humillaciones de la migra, ni recoja las cosechas bajo un sol inclemente a cambio de un salario miserable.

Creo que los mexicanos servimos para mucho más, como de sobra lo han demostrado quienes han alcanzado, no el sueño americano, sino la realidad que deriva del trabajo productivo y bien remunerado. Por eso, sólo me queda decirle al director de la película y a quienes la produjeron pensando que nos hacían un favor: No me defiendas, compadre. No, al menos, de esa manera.

agosto 02, 2006

Globalifóbicos y Globalifílicos o de cómo los lectores se convirtieron en Mercado

Un fantasma de papel recorre el mundo de las letras hispanas: el fantasma de la Globalización. Quienes saben, afirman que el término “Globalifóbico” fue acuñado por Ernesto Zedillo, apóstol mexicano de esta Filia económica. Yo sólo me declaro culpable de utilizar el vocablo en relación con la literatura; pero resulta en mi descargo que lo hago mal aconsejado por las circunstancias que sacuden al planeta literario.

En mis años de juventud, otro de los tantos fantasmas que nos aquejaron se cobijaba bajo la premisa de que el arte era cuestión de unos cuantos y que la Revolución que nos volvería libres e internacionales, convertiría a la literatura en un producto de primera necesidad, al alcance de todos los bolsillos y de todas las inteligencias. Una vez convertidos en ciudadanos del mundo, leeríamos a patagones, esquimales, bosquimanos y mongoles, como si fueran habitantes del barrio vecino. La literatura, como antes los mosqueteros, sería Una, y para Todos, no obstante que en aquellos prometedores años 60, la palabra Globalización quedara relegada a los abstrusos foros de los economistas más visionarios.

El vocablo, curioso ya de por sí, resulta además sintomático y revelador porque procede de las ciencias económicas, tan generosas últimamente en préstamos lingüísticos, como demandantes en intereses morales. Con todo, el concepto esconde, a mi juicio, una añeja y legítima aspiración: Vivir de lo que uno escribe. Ahora que el Mercado nos alcanzó, la pretendida Globalización literaria representa para muchos (escritores, agentes y editores) la oportunidad de acceder a un público mayoritario, tal y como afirmaba el eslogan que publicita el certamen convocado por una reconocida trasnacional literaria: “un premio constituido por 400 millones de lectores”. No obstante, los suspicaces que nunca faltan, advierten en la vertiginosa cabalgata del Mercado, el galope de un nuevo jinete apocalíptico: la homogeneización del discurso literario.

Cuando la Política alcanza los ámbitos del arte, ya nada vuelve a ser lo mismo. El deplorable ejemplo de la llamada literatura comprometida, lo deja muy en claro. Mas cuando el Mercado mete la mano en los territorios de la pluma, las cosas tampoco mejoran. La Globalización implica entender al libro como una mercancía, y a la literatura como una empresa cuya salud depende de las utilidades que produzca. Si el denominador común inscrito en todo proyecto globalifílico no lo establece la calidad, la Literatura habrá perdido su rasgo más característico. Al juzgar por muchos de los ejemplos más recientes, la literatura no es ya una de las Artes Bellas, sino el nombre de un consorcio donde los involucrados: editores, libreros y escritores aportan, en la medida de sus capacidades, al bienestar del negocio común. Pero toda empresa es un riesgo, aunque sus miembros arriesguen de manera distinta. Y a mí lo que me interesa y preocupa, es lo que arriesga el escritor y por ende, la literatura.

La globalización no implica per se, ni traición al arte ni sometimiento absoluto a las reglas del Mercado. Supone sin embargo riesgos y aventuras que periclitan la salud y el sentido mismo de la creación literaria. Considero una aspiración legítima todo intento de trascender fronteras y difundir el libro en todas latitudes; mas la realidad de los acontecimientos y la mercadotecnia que la conduce, presagia un riesgo del cual el pasado Boom literario (comparación exigida por las circunstancias) salió indemne. Los afanes globalifílicos resultan tan válidos, como viejos son la pretensión a la fama y a las ventas millonarias. Sin embargo, hace 40 años las exigencias del Mercado no afectaron ni determinaron los trabajos del Boom, tal vez, y lo planteo como una hipótesis, porque sus productos más conspícuos ya estaban escritos en el momento de la detonación del fenómeno literario.

El Boom nunca fue un proyecto, y como tal planificado de antemano, sino un ejercicio de difusión y mercadeo propiciado por una coyuntura socio-política, que tanto escritores como editoriales supieron aprovechar. Pero lo que en mi concepto califica y particulariza al Boom, es el hecho de que tanto bienestar económico como internacionalización, no sacrificaban la calidad de la escritura , ni las motivaciones más íntimas de los autores. Las obras más significativas del Boom, son atrevimientos escriturales al margen de toda supeditación al Mercado, a la moda literaria o a la política de corrección comercial impuesta por los monopolios editoriales. Los autores del Boom esquivaron los obnubilantes efectos del éxito mercantil, porque escucharon el canto de las sirenas del Mercado con la serenidad que proporciona la madurez tanto literaria como cronológica. Pocos estuvieron dispuestos a abdicar de sus convicciones literarias en favor de las ventas, como parece ser ahora la exigencia, sobre todo en lo que respecta al trabajo de quienes apenas ingresan al Mercado del libro.

La presión ejercida contra las nuevas generaciones de escritores para someterse a parámetros que inhiben el acto mismo de la escritura, es una espada de Damocles que atenta contra la creatividad, y corre el peligro de convertirse en una guillotina que cercenaría la cabeza misma de la literatura.