julio 26, 2006

CELULITIS

El dato resulta más interesante por lo que oculta que por lo que revela. Según las Secretaría de Comunicaciones y Transportes, casi 11 millones de mexicanos (a estas alturas seguramente ya sin el “casi”) poseen un celular. En mis tiempos, el teléfono representaba un síntoma de bienestar económico y un símbolo de prestigio social. No cualquiera tenía uno en casa, aunque el status que su posesión implicaba no estorbara el impulso de acabalar el ingreso con el alquiler del aparato. ¿Quién no recuerda a Pepe el Toro chacoteando con alguna de sus chorreadas, mientras la hija del dueño del changarro intenta introducir la oreja en la conversación, furiosamente defendida por el carpintero seglar? La escena, en su calidad de representación vernácula de una manera de ser, forma parte de mi memoria filmica. Pero los tiempos cambian, y lo que era un reducto de la intimidad, se ha convertido en soberbio desplante comunicativo.

Atribuyo el éxito del celular al logro de una aspiración milenaria: la ubicuidad. Piedra filosofal del espacio, el aparatito recrea el imbatible anhelo de estar en todas partes sin dejar de estarlo en ninguna. Al alcance de la fama, de la fortuna, de la curul, de la secretaría de estado, de la beca, del amor o, de perdida, de la seguridad de ser aspirante a todo ello. Las tribulaciones de aquel aspirante al Nobel que no salía de su departamento por miedo a perder la llamada desde Estocolmo, resultan ya superadas por el celular. Poseerlo, cristaliza en un objeto tangible los 15 minutos de fama arrebatados a Warhol por el lugar común. Nadie resiste la tentación de mirar al que vocifera desde una mesa, o se pasea hamletianamente ejecutando el soliloquio que lo hará famoso. ¿Mas cómo desairar la oportunidad de hablar a lo loco sin que lo acusen de tal o lo miren feo? El mundo (por fin) es un tablado y la vida (del propietario del aparato) asunto de interés general.

El pudor, ese condón ideológico tan recomendado por las abuelitas, se extinguió con las casetas telefónicas, por algo tan semejantes a los confesionarios. Antiguos reductos de la intimidad y el decoro, se han ido desvaneciendo del paisaje urbano como hojas otoñales: primero perdieron las puertas y luego las paredes, para quedar convertidos en burbujas de mica, escafandras de un buzo terrestre que aún aspira a oxigenarse con los aires de la discreción. Parada obligatoria del Hombre de Acero antes de volar a desfacer entuertos, las casetas de antaño se han convertido en sitio para el escarnio. Quien ingresa a una de ellas, es visto como un paria de las comunicaciones. Descolgar la bocina resulta como entrar a un baño sin puertas, beber coñac en vaso de plástico o celebrar la navidad con guajolote en lugar de pavo. La carencia es un estigma equivalente a un “Si no tienes celular, ¿para qué hablas por teléfono?”

Aunque los hay de todos tipos, lo verdaderamente interesante, es el gesto del usuario al utilizar su celular. Hecho anunciado por la sonoridad del timbre (ahora llamado Bip) y la calidad del mismo. La parte positiva es que sera la unica ocasión en que muchos se acerquen a la música seria. Cuántos ingenieros o licenciados no habrán escuchado por primera vez las primeras notas de Fur Elisse, o enterádose que la tonada de Los bosques de Viena no fueron inventados por niños hambrientos que exigen en coro el pastel de cumpleaños.

Los hay quien oculta la voz bajo la mano encorvada como si sólo deseara verificar la carga olorosa de su aliento, los hay que, mano a la cadera, el pecho erguido en pose de mariachi en do de pecho, avienta la voz a los puntos cardinales consciente de que el mundo desea oírlo o, cuando menos, verlo en plena actuación. Algunos caminan de una lado para otro (mejor si hay pasillo o banqueta) como filósofos peripatéticos; he visto una mesa de restaurante donde los comensales platican con quienes no han invitado a comer. Muchos lo portan discretamente en la bolsa del saco como un sustituto del corazón que algún día dejará de palpitar mas no de hacer Bip-bip; otros, cowboys posmodernos, lo llevan en la cintura como pistoleros retadores que investigan quién desenfunda (y marca) a mayor velocidad. Imagino un comercial donde dos vaqueros se enfrentan en la callle del pueblo, mano a la altura de la cintura, se miran retadores. A la señal convenida, ambos desenfundan el celular, marcan el número del contrario, y el rechinido del teléfono que suena primero, es como la bala del pistolero más rápido.

El fenómeno me sorprende más por lo que esconde que por lo que revela. El afán de estar al alcance de todos; de ser localizado en la vastedad de la soledad personal, vuelve al aparatito un cordón umbilical cargado más de inseguridad que de prestigio. Una especie de don de la ubicuidad; estar en todas partes. Mas para los que como, yo, sólo aspiran a la tarjeta ladatel y a encontrar un teléfono de ranura como otros buscan mujeres sin escrupulos sexuales, los observo con la envidia que provoca toda aspiración cumplida, y con el desdén de quien oculta sus sentimientos y, sobre todo, sus conversaciones telefónicas.

julio 25, 2006

El FIN DEL ESTILO

El fin de las ideologías acarreó, entre otras consecuencias, el fin del estilo. Cosío Villegas utilizó el término para referirse a las formas particulares de gobernar que ejercieron nuestros presidentes. Veía en todo ello no sólo una forma de ser, sino también de pretender. Si el estilo definía el presente, el futuro al que aspirábamos podría traslucirse en él. Un respetado dictum literario afirma que el estilo es el escritor. Y si hay ejecutivos y escritores con estilo, también existen países, y, por ende, culturas. La Mexicana era hasta hace algunas décadas una cultura con estilo. “Como México no hay dos”, afirmaba el apotegma nacionalista en demostración de que territorio y habitantes éramos inconfundibles más allá de los colores patrios, del águila en relieve en un pasaporte con pastas verdes o de la cornucopia que todos veían dibujada en el mapa nacional.

Pero no hay posibilidad de estilo en las imitaciones, y las últimas décadas del pasado milenio han convertido a la imitación en una lucrativa industria que rebasa gremios, disciplinas, estamentos y profesiones. Y según sea el caso, la industria se reviste con nombres distintos: En algunos casos se llama piratería, en otros clonación, en otros impostura, plagio o ejercicio de falsas atribuciones. Llámese como convenga al caso o a la ley, el afán copista revela la aspiración, menos evidente quizá, de ser quien (todavía) no se es.

Octavio Paz vio en la Revolución Mexicana la posibilidad de configurar un país sobre la base y medida de nuestros apetitos y aspiraciones. Un país con ideas no necesariamente propias, aunque sí familiares a nuestra idiosincrasia. El proyecto revolucionario se decoloró paulatinamente a lo largo de una serie de momentos de los que da cuenta la historia y, sobre todo, la literatura. Mis reproches a los últimos 25 años de gobierno priísta, se resumen en la liberalidad con que permitió, ignoro si a sabiendas, la acción de los decolorantes de nuestro particular estilo de ser y de pertenecer. Acción desnacionalizadora exacerbada por los ácidos corrosivos, esos sí bajo su absoluta responsabilidad, de la corrupción e impunidad creciente, sostenida y manifiesta. La abierta injusticia y la soberbia ostentación de riquezas mal habidas, terminaron por avergonzarnos, no del gobierno que las produjo y del que de muchas maneras somos responsables, sino de un país y de un gentilicio: mexicano. Efectos fueron causas en el imaginario colectivo de un pueblo “que se reconoció en la Revolución Mexicana”, arrebatándole, no la pérdida de la identidad, que nunca tuvimos, sino la necesaria aspiración a alcanzarla. La vergüenza del presente maniató la imprescindible esperanza que amerita cualquier futuro y aconsejó la necesidad de olvidar un pasado en el que muchos vimos la base de la posibilidad de ser nosotros mismos.

La medicina, adquirida en la botica de los desesperados, fue el olvido del pasado y la imitación en búsqueda de un futuro más halagüeño, bajo la premisa de que la única posibilidad de ser, es dejando de ser. De ahí la bonanza de la industria de la imitación en todas sus categorías, conceptos y posibilidades. Imitamos concursos de belleza, políticas económicas, cantantes famosos, campañas presidenciales, programas televisivos, construcciones lingüísticas, expresiones, gestos, ademanes y hasta la manera de acomodarnos el pelo. Sea por miedo o vergüenza a nosotros mismos, por amor a lo extranjero o fidelidad a la ley del menor esfuerzo, reproducimos, ahora sí, esos comportamientos “ajenos a nuestra idiosincrasia”, que tanto justificaron la represión política y social en la década de los 60.

Cuando Roque Villanueva trato de sustituir su plástico y mexicanísimo gesto de “Nos los abrochamos”, con el prestigioso (y ajeno a nuestra idiosincrasia) “¡Yes!”, que a su juicio lo eximía de la majadería propia de la naquiza, demostraba con creces la creciente pretensión de una clase social que aspira a parecer, más que a ser. Cuando toda una generación de jóvenes mexicanos y mexicanas sustituyen el castizo “Ay” exclamativo, por un espontáneo “Ouch” procedente del Norte, el fenómeno se desprende de lo meramente emulativo para encarnar en la pérdida real del ser, parecer y hasta de sentir.

México no será el mismo cuando nuestro fantasma emblemático, La Llorona Loca, expíe sus culpas por las calles de Tamalameque con un estridente “¡Ouch, mis hijos!” O cuando veamos por la tele que nuestros conacionales celebran otro triunfo de la selección coreando al pie del Angel de la Independencia el “¡Ouch, ouch, ouch ouch, canta y no llores…!”, que ya nos distingue en el planeta.