febrero 08, 2007

LOS OTROS RACISMOS

Acaba de conmemorarse el 62 aniversario de la liberación de los centros de concentración y extermino en Auswicht y Birkenau. El acontecimiento dio una vez más la pauta para levantar la memoria como valladar contra la repetición de las bestialidades cometidas por los nazis contra los judíos, con la vergonzosa complicidad de otras naciones, el Vaticano incluido.

Algunos de los oradores, por desgracia los menos, aprovecharon el aniversario para insistir en que el antisemitismo no es, ni nunca ha sido, la única forma de racismo ni de discriminación, y que aunque se parecen y hasta se complementan, no son cabalmente lo mismo. Y resulta conveniente insistir en ello, porque ya en los prolegómenos del siglo XXI, el racismo se cobija bajo nuevas y más elaboradas formas, aunque muchos sólo lo identifiquen como el que se comete contra los judíos. Las razones sobran. El genocidio cometido en su contra ejemplifica, con uno de sus monstruosos extremos, los alcances del racismo.

Desde la conquista, campearon en México legalizadas formas de racismo. Más aún, el racismo legal aparecía como una necesidad para expoliar a las mayorías y sentar las bases de los privilegios. A nadie resulta desconocida la meticulosa lista de mestizajes que el sistema imperial se encargó de especificar. La Independencia ganó adeptos entre los criollos porque, entre otras razones, las leyes les prohibían ejercer cargos administrativos sólo reservados para los peninsulares. Con la Independencia quedaron eliminados algunos fueros de raza y casta; pero en la conciencia colectiva habían enraizado la aceptación de privilegios luego de 300 años de dominio y culturización ultramarina. Privilegios que tenían que ver con la educación, la cultura y el aspecto físico.

Ignoro en que momento apareció o se popularizó la palabra “malinchismo”. Imagino que ocurrió cuando se volvió necesario estimular el espíritu nacionalista que impidiera el desmembramiento de una nación que contaba con enemigos dentro y fuera del continente. Pero la historia permite aventurar que el concepto de “Raza de Bronce”, fue la piedra sillar donde descansó durante varias décadas el edificio de la nación mexicana. Lo que queda claro es que la frase alude al mestizaje, tanto físico como cultural, y que éste queda representado por el color moreno de la mayoría de los mexicanos.

Afirma la historia que Juárez estaba muy interesado en el color de ojos y de piel de Maximiliano y que doña Carmelita Romero-Rubio se propuso “blanquear” por dentro y por fuera a don Porfirio, cosa que logró antes que comenzara la Revolución. El blanqueamiento del dictador corrió paraelelo con el blanqueamiento de la ciudad capital: la colonia Roma, la Condesa, Plateros y el Country Clu;, Gutiérrez Nájera y la condesa Job: “que no hay ibera, yanqui o francesa…” Federico Gamboa y sus discursos racistas contra negros e indios” horrorizado con las las paginas del Hijo del Ahuizote, plagadas de los nacos de antes: los pelados. Luego aparecerían las “hordas” zapatistas capitaneadas por El Atila del Sur. Sin embargo los criollos ganaron la silla presidencial y la conservaron hasta la aparición de don Lázaro, “el trompudo”, mote con el que los catrines de la época compendiaban la denuncia del origen y del discurso izquierdoso.

¿A qué presidente de buena cuna se le hubiera ocurrido ponerle a su hijo Cuauhtemoc?

En las antesalas del 2006, el argumento racista, latente durante muchos años, reapareció convocado por los candidatos a la presiedencia. Para muchos, el peligro para el México blanco (y privilegiado), cobraba forma, más que en el discurso, en la estampa y el acento de otro sureño.

Si en Auswitch y Birkenau, los oradores recordaron la historia para que no vuelva a repetirse, en México nunca la hemos dejado atrás. Hemos convivido disimulada e hipócritamente con la desvalorización del individuo a causa del color de su piel y sus rasgos indígenas o mestizos, y las evidencias resultan tan señaladas y abundantes que está por demás ejercitar el recuento. Pero aparecen cada vez que encendemos el televisor, buscamos nombre para el niño o la niña, o realizamos maromas para sostener al margen de divorcios y matrimonios, el apellido con resonancia extranjera. El Subcomandante pasó a la historia en buena parte gracias a sus cejas pobladas y sus ojos de embrujo europeo, acentuado por el rimel del pasamontañas y una pipa tan ajena a la selva chiapaneca, como a nuestros héroes vernáculos. Pero el efecto se produjo.

diciembre 05, 2006

LA GUADALUPANA

Dicen que los mexicanos podemos ser ateos, pero nunca dejaremos de ser guadalupanos. Y esto es así porque la Virgen de Guadalupe resulta inseparable de la nación que compartimos, desde antes de que nuestro país se constituyera como tal.
El comienzo de la devoción guadalupana, coincide con el comienzo de una comunidad que empezaba a considerarse a sí misma como pueblo. Una entidad que necesitaba símbolos y emblemas diferentes a los impuestos por el imperio español. O dicho en otras palabras, una comunidad que contemplaba y entendía la obligación de comenzar a representarse a sí misma.
No por nada, la madre de Dios escogió para aparecerse al mundo el corazón mismo de lo que ya comenzaba a ser México. Y lo hizo ataviada con indumentaria casi indígena y revestida con la piel morena de los indios y los mestizos. El hecho de que la madre de Dios apareciera en el Tepeyac sin un niño cargado en brazos, dejaba en claro que los reservaba para acoger a los futuros mexicanos, porque de entre todos sus hijos, nosotros éramos los predilectos.
Desde su aparición hace casi 500 años, la Virgen Morena es el símbolo más antiguo y emblemático de la identidad nacional. Un símbolo que representa el elemento fundamental de todo origen. Me refiero a la madre. La dadora de vida espiritual, la abogada de las causas particulares y colectivas, la dispensadora de favores y la testigo fundamental de todas las promesas.
Tal es la razón de que hayan sido los indios, los mestizos y los criollos, quienes a lo largo de los años han insistido en su devoción, pesar de las primeras reservas de la jerarquía eclesiástica española, que vio en el culto guadalupano un peligroso vínculo de identidad entre los mexicanos de nacimiento. Desde su aparición, la Virgen de Guadalupe no sólo encabeza las procesiones religiosas; sino también las manifestaciones de lucha por los derechos sociales y políticos.
En 1810, Miguel Hidalgo enarboló su imagen para capitanear los ejércitos insurgentes. Y en 1821, luego de 11 años de lucha, el primer presidente de México tomó posesión de su cargo rebautizado como Guadalupe Victoria, para significar con ello las bases sobre las que se construía la nueva nación. Casi cien años después, los batallones zapatistas entrarían a la ciudad de México portando estandartes similares a los enarbolados por el cura Hidalgo, en esa otra refundación del país que significó la Revolución Mexicana.
En los años 60, la Virgen de Guadalupe re-apareció estampada en las banderas y pancartas de los chicanos que luchaban por sus derechos en las calles, barrios y campos agrícolas de Estados Unidos. El milagro del Tepeyac se repite diariamente en las bardas y muros de ciudades tan distantes como Nueva York, Los Angeles, Chicago o El Paso.
La imagen forma parte del arte popular de los artesanos del barrio, y de los ejemplos más significativos del arte en los museos. Perdura en el nombre de los niños y las niñas, y se repite en las medallas al cuello, escapularios al pecho, estampas en las carteras y hasta en la piel misma de los tatuajes.
Y este hecho significativo y conmovedor, es el verdadero milagro que celebramos y que tiende a repetirse, no sólo los 12 de diciembre, sino cotidianamente, dondequiera que haya mexicanos

noviembre 28, 2006

MEXICAN FIESTA

En El laberinto de la soledad, Octavio Paz afirma que “el mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias, hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual”

En muchos sentidos concuerdo con el poeta. Nuestra capacidad de festejo nos ha obligado a inventar fiestas y motivos para celebrar que muchas otras nacionalidades considerarían absurdos. Fiestas apoyadas en acontecimientos oscuros, inciertos o en emociones más propias de la literatura que del calendario cívico. Celebramos a la mamá, al papá, a la secretaria, a la enfermera, al niño, a la bandera, a la guadalupana, a los muertos chiquitos y a los muertos grandotes. Fox impuso la celebración del cambio, la democracia y la muerte del presidencialismo. Nos reunimos alrededor del santo patrono o de la boda del compadre o del bautismo del fruto del segundo frente, como justificación para integrarnos y reintegrarnos en y con la comunidad. No por otra razón aderezamos la garnacha más grande del mundo y luego nos ufanamos de ello en una fiesta popular por haber roto el récord Guinnes como si hubiéramos tenido una reñida u olímpica competencia. Pero no puedo imaginarme a algún búlgaro o alemán interesado en romper el récord impuesto por una garnacha de 12 metros de diámetro.

Somos buenos para inventar fiestas y para idear modos de celebrarlas. El magnífico ejemplo de la ingeniería nacional representada por la presa de Malpaso, el ferrocarril que cruza el desierto de Altar en Sonora o los segundos pisos de nuestra ajetreada capital, se quedan chiquitos ante las opulentas arquitecturas de los puentes vacacionales. Sirva de ejemplo el que hemos bautizado con el conspicuo nombre de Guadalupe-Reyes y que va del 12 de diciembre al 6 de enero.

Los repiques de las campanas mediáticas tocadas a rebato para hacer públicos los supuestos logros gubernamentales, representan una invitación subliminal a detonar el jolgorio que todos llevamos dentro. Y debido a que la Fiesta no sólo es una forma de celebrar un acontecimiento, sino de vivir la vida, los mexicanos la exportamos a donde quiera que se vayamos a vivir. Porque festejar lo que sea, es parte de la condición nacional y cimiento del México chiquito que construimos en cualquier territorio que albergue a más de 50 compatriotas.

Esto queda muy claro en los Estados Unidos, donde la palabra “fiesta”, así, en castellano, es de uso común; asimismo, la piñata forma ya parte fundamental de las celebraciones de aniversario. Sin embargo es en el calendario donde los festejos mexicanos evidencian su presencia, tal y como lo demuestran los recuadros realzando el 5 de Mayo, el 16 de Septiembre y la conmemoración del Día de la Revolución, de la Bandera y de la Raza.

Los estadounidenses se ufanan de ser un país conformado y hasta reformado por otras muchas culturas provenientes de los cuatro puntos cardinales. Y en recuerdo de este principio, su Calendario Oficial cobija y registra festividades multiétnicas. Algunas, como las judías y musulmanas, íntimas, austeras y recatadas; otras, las más, coloridas, ruidosas y desaforadas hasta donde la ley lo permite. Para celebrar el Año Nuevo a partir de su particular contabilidad, los chinos salen a la calle con su cauda de cuetes, colores y dragones. Los italianos convierten las callejuelas de la Pequeña Italia en un set del Padrino, cada vez que cargan la efigie de San Genaro; los irlandeses se pintan el pelo de verde, se disfrazan de lepricones y se atascan de cerveza el día de San Patricio. Los cubanos sacuden con maracas, caderas y bongós las calles de Miami y los puertorriqueños toman las azoteas de Nueva York, todo ello en un intento por convertir un espacio políticamente ajeno, en un territorio culturalmente propio. Es en este sentido como la Fiesta se festeja a sí misma y la vuelve ocasión segura para tomar las calles y gritar un “Aquí estamos” sin que la policía reparta garrotazos.

Pero poco pueden las otras minorías con las fiestas mexicanas, o con nuestra capacidad de festejo. Y es que los mexicanos, por necesidad de recuerdo o instigación al olvido, entendemos las razones de congregarnos alrededor de lo que sea: para llorar a Pedro Infante, darle la bienvenido al Papa en turno, vitorear a Ana Guevara o celebrar el nuevo rompimiento del record del taco más prolongado del mundo.

noviembre 16, 2006

UNA MODESTA PRE-POSICION

Una hipótesis difícil de comprobar sería enterarse si la televisión ha sutituido al Manual de Carreño como modelo de comportamientos. Pero pocos pueden escatimar la influencia que los usos y costumbres (gestuales, lingüísiticos, ideológicos) de las figuras televisivas tienen en la vida nacional. Cuando Carreño expuso sus principios de etiqueta, los mexicanos alfabetizados no alcanzarían a llenar la plancha del zócalo un 16 de septiembre; de ahí que el impacto de la publicación acertara con premeditada puntería en el grupo para el cual fue escrito. El Manual refrendaba su eficacia clasista precisamente con el escaso número de sus posibles lectores. Imagino que Carreño aspiraba a la lectura de la minoría necesaria para otorgarle categoría de exclusividad a su Manual. La educación y las buenas maneras eran cuestión de clase social.
La Revolución se propuso democratizar al país sin conseguirlo del todo; la radio, aunque nunca se lo propuso, democratizó sin embargo el buen decir. El uso correcto y la correcta enunciación de las palabras reinó, dicen los estudiosos, en la época dorada de la radio mexicana y desde ahí se filtró con variada fortuna sobre los distintos niveles de la población. La voz de la América Latina tenía su origen en México. El oficio de poeta o el grado universitario, garantizaban el conocimiento de la lengua castellana. Quien no pretendía hacer uso de la palabra como el Bachiller Gálvez y Fuentes, intentaba aproximarse a la aterciopelada gramática del Vate López Méndez. Utilizar el lenguaje como José Antonio Cossío o Carlos Píckering o Nacho Santibáñez o Tomás Perrín, aun en sus predicamentos de detective privado (“¡Dispara Margot, dispara!”), resultaba un estímulo y una aspiración. No había orador político o jilguerillo social, maestro de ceremonias o padrino de quinceañera, catedrático de escuela pública o privada, cura de rancho o de metrópoli, que despreciara las enseñanzas de los paradigmas radiofónicos.
Los primeros años de la televisión sometieron las voces del radio al recuadro fosforescente de las pantallas. Igual a lo que sucedió con los galanes del cine mudo, muchos locutores se quedaron en el camino. Otros superaron el desafío y añadieron a la voz la corrección del gesto y el ademán atinado. Algunos, como Martínez Carpinteiro, se atrevieron a guiñarle un ojo a la cámara al cierre en sus noticiarios, con el consiguiente y cómplice sonrojo de las amitas de casa. La coquetería no era ejercicio de esquina de barriada, sino también asunto de gente educada.
Con el tiempo la televisión demandó menos a la voz y exigió más a la imagen. Los habitantes de las pantallas se apoyaron cada vez más en el gesto, en el cuerpo y hasta en la coreografia. A los cantantes se les conminó a bailar y a los bailarines se les ordenó cantar con las consecuencias que ya advertimos en el negocio del entretenimiento. Dueña de los ojos y los oídos de los televidentes, la industria potenció su capacidad de penetración y con ello, la celeridad en la canonización de modas lingüísticas y comportamientos gestuales. Ejemplifico lo primero con dos expresiones popularizadas por la televisión:
De buenas a primeras solicitar “Un vaso con agua” sustituyó al castizo “vaso de agua” y sin decir “agua va”, se volvió muestra del buen decir y reflejo del grado de educación del usuario. La voz pública descalificó el uso de la preposición “de” por incorrecta, poco elegante y propiciar la confusión. Algunos afirman que la moda fue impuesta por los meseros que ejercían su derecho al humor argumentando que “sólo tenían vasos de vidrio y no de agua”. La manera en que la temeraria expresión alcanzó las gargantas de los modelos televisivos y la enquistó en el habla cotidiana, supone un estudio aparte. Lo importante resulta enfatizar la forma en que el televidente la aceptó como formula de expresión. La psique popular advirtió un dejo de aristocracia en la alocución por cuanto que hasta los locutores , y luego las estrellitas y estrellitos de la televisión, la disparaban a boca de jarro. A partir de ese momento, ya nada fue igual: nadie consciente de su educación e inteligencia, responde a una petición planteada de tal manera sin sostener una sonrisa irónica o, de plano, espetar que los vasos de agua no existen ni en las metáforas. No hubo poder humano, ni mucho menos gramático, lo suficientemente convincente como para revertir la tendencia ya vuelta ley.
Desde aquel lejano y anónimo destello de infamante humor, lo justo, elegante y correcto es pedir Un vaso con agua, un litro con leche; una taza con café y una copa con coñac. Pediremos una botella con tequila y, si andamos cortos de dinero, media botella con vino, a riesgo de que algún genio de la lengua nos aclare que sólo tiene botellas completas. En la fonda ordenaremos un plato con sopa y en la librería un libro con cuentos y ya entrados en preposiciones, acudiremos a la Villa a encomendarnos a la Virgen con Guadalupe.
El otro ejemplo de esta implacable purga gramatical, es la satanización de la preposición “en”. De un tiempo para acá, esta modesta, precisa, monosilábica palabrita, ha sido sustituida por la estentorea, aparatosa y supuestamente aristocratica expresión “al interior de”. Ya nada ocurre “en” sino “al interior de”. Problemas al interior del partido. Motín al interior del reclusorio. Drogas al interior del plantel. En una emisión radial el locutor se aventó la puntada de decir que un visitante había intentado introducir al penal “un arma escondida al interior de un aguacate”. Desde su punto de vista, aludir al hecho diciendo “armas escondidas en unos aguacates”, hubiera parecido poco profesional.
La transformación gramatical seguirá su marcha en boca de locutores, comentaristas y estrellas de la televisión, convertidos en custodios del buen decir y del mejor pensar. Y para aquellos que todavía nos preocupamos por lo que no tiene remedio (otra definición para la neurosis), bástenos seguir el consejo de los abuelos: “Que sirvan las otras copitas con mezcal, que al fin nada ganas con ponernos a llorar”.

octubre 26, 2006

HALLOWEEN VS. DIA DE MUERTOS

O ESPECTROS CONTRA DIFUNTOS
Una vez más voy a hablar del Otro Lado; pero no desde el punto de vista geográfico, sino existencial. Y lo hago porque ritos como el de los Fieles Difuntos y de Halloween, permiten contemplar desde otra dimensión el concepto de frontera. Y es que cada vez que hablamos de la muerte aludimos a la invisible frontera que separa al Más allá del Más acá. O para ubicarnos en contexto, entre Este y el Otro lado.

Toda frontera implica un cruce, y la forma en que la cruzan los estadounidenses y los mexicanos, constituye a su vez dos maneras de asumir y representar la muerte. El 31 de octubre, durante el Halloween anglosajón, los espectors conquistan el Más acá y se dedica a aterrorizar a los vivos mediante distintas manifestaciones de la muerte.

Pero lo que resulta más interesante, es que los anglos prefieren aludir a ese estado civil llamado muerte, mediante representaciones de la maldad: brujas con escobas, calabazas parlantes, jinetes sin cabeza o espectros representativos como los Dráculas, los Hombres Lobo, Franquesteines, Momias egipcias y hasta con máscaras de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos. Sus razones tendrán para asociar el Otro Lado con la cara de sus presidentes.

El uno y dos de noviembre, los mexicanos recordamos la muerte desde otra perspectiva. La representación fundamental es la Calaca, y ya sea desnuda o vestida, siempre reproduce las acciones más bulliciosas de los seres vivos. Por eso baila, canta, come, ingiere bebidas alcohólicas e invita a los goces de la existencia. Por similares razones, los deudos y parientes la reciben vestidos de fiesta, porque el visitante llega del Otro Lado, no para aterrorizar, sino para unirse a la celebración de la vida.

En el Día de los Fieles Difuntos, no valen los disfraces ni del que llega ni de quien lo recibe. No se trata de ocultar la identidad, sino de todo lo contrario, de revelarla. Todos sabemos a quiénes esperamos. Nuestros visitantes tienen nombre y apellido y los recibimos con la representación de su calavera y con las puertas abiertas para agasajarlos con las viandas y golosinas que les siguen apeteciendo.

En el Halloween no aparecen los difuntos, sino espectros o fantasmas que aterrorizan y amenazan. Por eso ejecutan la represalia de la maldad o el maleficio a quienes les niegan el tributo que los convocó al Más Acá. Y esto sucede porque la celebración anglosajona representa un choque, una lucha entre diferentes. Consideran a los muertos una especie de Mojados o Ilegales provenientes del Más Allá que cruzan la frontera sin papeles y sin invitación. La nuestra es una reunión de convivencia porque la muerte resulta sólo otro estadio de la vida que gozamos en el Más acá.

Los Espectros del Halloween atemorizan por la diferencia. Nuestros Fieles Difuntos consuelan con la semejanza. Y es que la Calaca mexicana, como dice la canción, es sólo el recordatorio de que en el fondo de la fosa, todos llevaremos la misma vestidura. Sin embargo no puedo sino lamentar que a raíz de la sustitución de costumbres, y por lo tanto la aceptación de otra manera de asumir la vida, cada vez resulta más evidente entre los mexicanos de ciertas clases sociales, la inclinación a entender la muerte como un enemigo que acecha, y no como el simple y jolgoriento esqueleto que todos llevamos dentro y que espera, pacientemente, la oportunidad de venir a visitarnos aunque sea una vez al año.

octubre 20, 2006

JUAROCHOS

Si la fe mueve montañas, las crisis políticas y económicas suelen mover a los seres humanos. De varios sexenios a la fecha los jarochos, de suyo tan enraizados a su tierra, se han visto en la necesidad de emigrar. El fenómeno trasnacional veracruzano, si no inédito, representa con su acelerado crecimiento un síntoma revelador de las condiciones del país y del estado. Esto lo sabemos todos, incluso los políticos, y el hecho resulta tan evidente, que no hubo candidato a la gobernatura que no distinguiera el fenómeno en sus planteamientos de campaña o se abstuviera de comprometerse a frenar tan ominosa tendencia. El año pasado apenas, el gobierno del Estado de Veracruz, abrió una representación justo en Ciudad Juárez. Ignoro si para darles una manita mientras habitan ese “mientras-tanto” que implica vivir en la raya, o nada más para saber cuántos paisanos se vuelan la barda y no vuelven jamás.
Aunque el destino de los migrantes son las fábricas, campos agrícolas y las grandes urbes estadounidenses, muchos no alcanzan a cruzar la línea y se quedan a vivir y a trabajar en las ciudades fronterizas; donde quiera que exista eso que conocemos como Maquiladoras. Por eso las maquiladoras se han convertido en un buen termómetro para medir las crisis, el bienestar social, la oferta o carencia de trabajo y en eficaces laboratorios para analizar el comportamiento de la población flotante. Asumo que le dicen “Poblacion Flotante” porque sus miembros no pertenecen al lugar donde residen y van y vienen como las olas en el mar de los Sin-Trabajo. Pero de un tiempo a la fecha, la expresión resuena con retintines macabros debido al cada vez mayor número de cuerpos que aparecen flotando en las aguas del río Bravo.
De acuerdo con el diccionario más a la mano (la décimo sexta edición del Diccionario de la Real Academia Española, publicada el “Año de la Victoria”, franquista, me imagino), “maquila” es “la porción de grano, harina o aceite que corresponde al molinero por la molienda”. De ahí que “maquilar” corresponda al “cobro que el molinero” hace por la maquila. Cómo o por qué la palabra “maquiladora” pasó a designar lo que todos sabemos que designa, queda a cargo de los filólogos.
Lo que resulta claro es que el recién llegado a cualquier sitio, cae de inmediato en una dinámica que posibilita comprimir las diferencias de origen dentro de un concepto más cómodo que certero, que permita la categorización necesaria para ubicarlo en la sociedad. Mediante tal procedimiento, para los costeños todos los altiplanense son chilangos y todos los españoles gallegos.
Ciudad Juárez es un buen ejemplo del fenómeno y ha intentado acoger a esa entelequia caracterizada por la tez morena, el pelo chino y el hablar sin eses, con diferentes y contrastantes muestras de humor y simpatía. A tal grado, que los habitantes naturales han acuñado un nuevo gentilicio para referirse a esa abundante y creciente presencia: Juarochos. El origen etimológico del neologismo queda a cargo del lector por su obviedad inherente.
A cambio de la hospitalidad, los Juarochos retribuyen con música, guisos, expresiones y estilos de vivir la vida. Se come ceviche y pescado a la veracruzana; garnachas y gordas picadas en restaurantes y fondas llamadas “Tuxpan de mis amores”; “El Puente de Nautla”; “Mi nuevo Veracruz…” Se imponen exclamaciones como “Pa’ su Mecha…” Reclamaciones como “¡Coño, loco!” O comparaciones extremas al estilo de “Uta, hace más frío que en Perote”.
Como antes los gallegos y después los chilangos, los veracruzanos estamos en todas partes de nuestro país y del extranjero, ya sea por voluntad propia u obligados por las crisis políticas, económicas y hasta matrimoniales. Y aunque conscientes de que no todo el que tiene la piel morena ni intercambia eses por jotas es veracruzano, a nadie le disgusta que lo vuelvan paisano de Salma Hayek, que aunque viva en Los Angeles, es la Juarocha más hermosa y conocida de todas las que habitan el planeta.

octubre 11, 2006

LA FRONTERA MENTAL

Así como existen fronteras políticas que separan los países; existe también una frontera mental que escinde la conducta de los seres humanos. La frontera física entre Estados Unidos y México por ejemplo, está marcada muy claramente. Aparece donde el agente de migración nos pide los papeles en las garitas de paso. La frontera mental resulta menos elocuente sin dejar de resultar compleja y suele manifestarse cada vez que la cruzamos en uno u otro sentido. En esta no hay Migra uniformado que nos exija papeles; pero sí un Migra cultural que nos obliga a comportarnos de manera diferente.

No hay que salir de México para comenzar a ser gringo, ni vivir en Estados Unidos para dejar de ser mexicanos. Todo depende del vigor y resistencia de la frontera mental que guardamos, algunos en la cartera y otros en el corazón. Para comprobarlo, basta acercarnos a algunos barrios de Chicago o Los Angeles o a las colonias popoff de nuestras grandes ciudades. En pocos sitios he visto mas gringos-mentales que en Polanco o Las Lomas o en el municipio de Garza García en Monterrey.

El doctor Jeckyl y Mister Hyde, protagonistas de la famosa novela de Roberto Luis Stevenson, metaforizan, o tal vez parodian, la delicada frontera entre el bien y el mal que arraiga en el alma de todos. El texto también advierte acerca de lo sencillo que resulta amanecer de un lado y anochecer del otro. Como todos sabemos, el doctor Jeckyl inventa una pócima que al ser ingerida convierte a un hombre bueno en un malvado mientras dura el efecto del brebaje. Una vez diluido éste, el malvado mister Hyde desaparece para dejar sitio al bondadoso señor Jeckyl. El personaje, único y doble al mismo tiempo, cruza vertiginosamente de la luz a la oscuridad o, en términos de Sarmiento, de la civilización a la barbarie.

La frontera que separa a Ciudad Juárez de El Paso hace las veces de esta pócima en muchos viajeros y su efecto resulta muy evidente. Basta cruzar a pie o en automóvil por alguno de los puentes en cualquiera de sus sentidos, para experimentar los efectos, malignos o benéficos de la pócima. El complaciente y respetuoso Mister Jeckyl, se convierte en el atrabiliario y prepotente Señor Hyde o viceversa, simplemente porque ha cruzado una línea que lo coloca del Otro Lado. A veces es un Lado que respetan. A veces es un Lado que desprecian por oscuras o luminosas razones.

Para los gringos, cruzar a Juárez los fines de semana implica atropellar buena parte de las normas civiles y personales que respetan y hacen respetar en Su Lado. Los gringuitos arriban al Otro Lado para beber alcohol, cruzarse los altos, insultar a la autoridad y representar el papel de villano de película. Acá, de este lado, se puede hacer lo que allá ni se atreverían siquiera a considerar. He visto jovencitos ofrecer dinero al policía por el simple gusto de verlo aceptar el soborno. Una manera de probar la supuesta superioridad de una cultura demostrando con hechos que, del Otro Lado, todo se compra con dinero. Horas después, alcoholizados, divertidos del alma y maltrechos de cuerpo, regresaran al lado que los vio nacer para iniciar una semana reglamentada por la iglesia, el estudio, la vocación al trabajo y la seguridad de un futuro promisorio a cargo de cualquier reelección presidencial. Han comprobado que el mal, la oscuridad, el subdesarrollo, sólo existe del Otro Lado.

Con muchos mexicanos ocurre una transformación parecida, aunque a la inversa. Una vez aceptados por el Migra en el país de las oportunidades y los sueños de la vigilia, el ciudadano o ciudadana que dejó atrás tres semáforos en rojo, atropelló a mentadas de madre a un tarahumara y arrojó a la calle tres pañales olorosos a niño bien nutrido, sonríe ahora al mundo, aminora la velocidad, cede el paso a los peatones, conserva con celo maternal los pañales usados hasta encontrar el bote de basura. En pocas palabras, ejerce con aplomo y orgullo el principio civil de que existen derechos además de los suyos.

Por desgracia el cambio dura lo que tardan en cruzar de vuelta la frontera mental. Una vez en su Lado, la pócima bienhechora queda anulada por su antídoto y todo vuelve a ser como era antes. La frontera levanta sus puentes, cierra sus puntos de cruce, y la obligación de honrar a México dentro y fuera de sus fronteras, nos bendice a todos con la languidez del olvido.